Nuestros dolores

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No se envuelve a veces el omnipotente Señor del cielo

Así Belial, con palabras disfrazadas de razones, aconseja un proceder indigno, una vil inacción, pero no la paz. Después de él habló Mammón de esta suerte: «Moveremos guerra si la guerra es el mejor consejo, o para destronar al Rey del cielo o para recobrar nuestros perdidos derechos. Destronarlo no lo esperemos, mientras el eterno destino no ceda al inconstante acaso y sea el caos árbitro de nuestra lucha. Si vana es la esperanza de lo uno, no lo será menor la de lo otro; pues de no expulsar al supremo Rey del cielo, ¿qué espacio quedará en éste para nosotros? Demos que calmada su ira, y a condición de someternos de nuevo, perdone a todos: ¿con qué ojos lo contemplaremos cuando humillados en su presencia, hayamos de recibir sus imperiosas órdenes, glorificar su majestad murmurando himnos, y violentarnos cantando en loor suyo «¡aleluya!», mientras él, envidiado soberano, hará ostentación de su regia pompa, y su altar exhalará perfumes de ambrosia y de flores, serviles ofrendas de nuestro culto? Tal será nuestro oficio en el cielo, tales nuestros placeres. ¡Oh! ¡Cuán dura será una eternidad empleada en adorar a quien tanto odiamos!

«Rechacemos, pues, ese espléndido vasallaje que no es dado obtener por fuerza, que aun concedido sería afrentoso por más que pertenezca al cielo, y busquemos nuestro bien en nosotros mismos, viviendo por nosotros y para nosotros, libres, en estos vastos subterráneos, sin depender de voluntad alguna, y prefiriendo tan dura libertad al blando yugo de una pomposa servidumbre. Brillará más radiante nuestro esplendor, si sabemos convertir lo pequeño en grande, lo nocivo en útil, la desgracia en prosperidad, y si doquiera luchando con el anal, trocamos en bienestar el dolor por medio del trabajo y de la paciencia.

«¿Por qué temer estos tenebrosos antros? ¿No se envuelve a veces el omnipotente Señor del cielo entre negras y espesas nubes, sin que por eso eclipsen su gloria, y vela su trono con la grandeza de las tinieblas, de que encendido en furor se lanza el pavoroso trueno, de modo que se asemeja al infierno el cielo? ¿Imita él nuestra oscuridad, y no hemos de poder nosotros cuando nos plazca imitar su luz? No carece este ingrato suelo de ocultos tesoros, de diamantes y oro, ni nosotros de arte para aprovecharnos de su magnificencia: ¿qué tenemos, pues, que envidiar al cielo? Podrán un tiempo estos mismos suplicios llegar a hacerse nuestro elemento; llegar esas penetrantes llamas a sernos tan benignas como hoy son crueles, y trocarse nuestra naturaleza en la propia de ellas; y esto necesariamente pondrá término a nuestros dolores. Todo, pues, nos invita a preferir pacíficos consejos y establecer un ordenado régimen, adoptando los remedios que más eficaces sean para nuestros presentes males; y en atención a lo que somos y al lugar en que nos hallamos, renunciar por completo a todo intento de guerra. Este es mi parecer.»

No bien acabó de hablar, se suscitó en la asamblea un rumor semejante al que encerrados entre las cóncavas rocas hacen los furiosos vientos, cuando después de combatir el mar talo una noche, adormecen con su ronca cadencia a los marineros, extenuados de cansancio, pero que logran anclar su batea en una bahía pedregosa pasada la tempestad. Resonaban así los murmullos de aprobación dados a Mammón cuando finalizó su razonamiento aconsejando la paz, porque cualquiera batalla que se empeñase les infundía más espanto que el mismo infierno: tal era el estrago que el rayo y la espada de Miguel habían causado en ellos; deseando no menos fundar aquel otro imperio, que la política y el largo transcurso del tiempo elevarían hasta hacerlo competir con el de los cielos.

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