La paz de Augsburgo

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LA PAZ DE AUGSBURGO Y LA LIBERTAD DE CULTO

Desde el inicio de su gobierno, el emperador Carlos V asumió enseguida su papel de defensor de la cristiandad. Y tuvo ocasión de demostrarlo (además de contra el Imperio otomano, en varias ocasiones) cuando, en el seno del Sacro Imperio Germánico, los príncipes de algunas provincias empezaron a adoptar la doctrina luterana, más tarde conocida como protestante.
En 1525, la división interna del imperio en dos bandos religiosos era ya un hecho. Por un lado, los príncipes que seguían abrazando el catolicismo se habían agrupado en la Liga de Dessau, mientras que aquellos que defendían la doctrina luterana lo habían hecho en la Liga de Magdeburgo.

Los distintos intentos del emperador de socavar y debilitar el bando protestante (como la Dieta de Augsburgo, de 1530, por ejemplo, en la que invitó a los protestantes a presentar un resumen de su doctrina, con la clara intención de provocar disidencias.
En su seno y empujarlos hacia la división) no surtieron efecto, y tampoco le sirvió derrotar con las armas a la nueva alianza de los protestantes en
1547 (Liga de Esmalcalda, sucesora de la de Magdeburgo). Las tensiones internas iban en aumento, e incluso los propios príncipes católicos alemanes empezaron a temer el excesivo poder que había concentrado en sus manos Carlos V.
En este punto Fernando de Habsburgo, archiduque de Austria y rey de Hungría y Bohemia, además de hermano del emperador, reunió de nuevo a la Dieta de Augsburgo y juntos empezaron a elaborar una “paz religiosa” que contentara, sobre todo, a las facciones más moderadas de ambos bandos.
Desde el inicio de su reinado Carlos V se erigió como un gran defensor de la cristiandad y del catolicismo. En la imagen, vidriera de la catedral de Bruselas donde el monarca aparece de pie, a la izquierda.
Recogida en la Paz de Augsburgo de 1555, el tratado contempló el mantenimiento del status quo a favor tanto de católicos como de protestantes (aunque dentro de esta última corriente quedaron excluidos tanto los zwinglianos -seguidores de las tesis de Zwinglio— como los anabaptistas); y también se dio libertad a los príncipes del imperio para imponer su propia religión a todo el territorio bajo su dominio.
 Esta forma de imponer a toda una zona la religión de su máximo mandatario pasó a expresarse con la fórmula latina cuis regio eius religio, y durante su vigencia se respetó que los súbditos que no desearan profesar la misma religión que su príncipe pudieran emigrar hacia otro principado afín a sus creencias. 
Fernando de Habsburgo también impuso la reservatum ecclesiasticum, que defendía que si cualquier dignidad católica (abad, obispo, cardenal, etc.) decidía abandonar su religión para profesar el protestantismo lo haría solo a título personal, por lo que los bienes eclesiásticos que poseyeran seguirían perteneciendo a la Iglesia católica.

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